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jueves, 5 de enero de 2017

Breve nota sobre la polémica entre Javier Cercas y Juan Carlos Monedero sobre el PCE y la transición a la democracia en España

Javier Cercas: "La dignidad del PCE". En El País semanal (1/01/2017): http://bit.ly/2iLlwdj

Juan Carlos Monedero: "Javier Cercas, el PCE y la Transición: anatomía de un distante". En Público.es (4/01/2017): http://bit.ly/2iEe3fC


Unas pocas palabras sobre la iniciada polémica entre Juan Carlos Monedero y Javier Cercas sobre la transición a la democracia en España y el papel del PCE.

El artículo de Cercas, en el País semanal, me parece muy bueno. Se sitúa en una línea de crítica al revisionismo de la Transición española y del papel del PCE en ella, revisionismo que encabezan los actuales dirigentes del PCE y de IU y del que parecen participar algunos de los líderes de Podemos. 

La, por el momento, mayor muestra de lo desacertado de buena parte de las afirmaciones de quienes quieren liquidar el patrimonio histórico y político de la izquierda comunista en la transición, son las recientes palabras de Alberto Garzón sobre el eurocomunismo, a las que hace referencia el artículo de Javier Cercas. Garzón, para descalificarlo, lo tilda de "populismo". Se pueden criticar aspectos de aquella efímera corriente que pretendía situar a los partidos comunistas europeos dentro de vías inequívocamente democráticas para alcanzar el socialismo, pero nunca calificarlo de "populista", porque era justamente lo contrario. 

Lo mismo cabe decir de la Transición y del papel del PCE en ella. Errores se cometieron, sin ninguna duda. Por ejemplo, se puede -y es discutible- amnistiar a criminales del franquismo, en paralelo a los criminales de ETA, pero nunca pretender enterrar, o atenuar, la memoria de los crímenes que debieron tener siempre una condena moral, política e institucional, como en otras transiciones pacíficas posteriores (Sudáfrica). Pero, en lo esencial, lo que hizo el PCE en la Transición fue lo mejor que pudo hacer en unas circunstancias históricas y políticas determinadas. Porque, a mi juicio, la cuestión no era optar entre una vía pactada y pacífica -relativamente pacífica, tiene razón Monedero en recordar que sangre hubo en la transición- y una vía rupturista y radical que destruyera los aparatos de estado de la Dictadura. La única vía posible para alcanzar, en ese momento, la democracia en España fue la que se transitó, la de la "ruptura pactada". La otra, de existir, habría conducido a una nueva derrota -aunque fuera temporal- y, probablemente, a un nuevo baño de sangre, riesgo que la inmensa mayoría de los españoles no estaba dispuesta a correr. 

Sólo afirmando, como hacen algunos, que "el régimen del 78" no es sino la continuidad de la Dictadura y que no vivimos, por lo tanto, en un sistema democrático, puede cuestionarse seriamente el modelo de la transición española. Pero entraríamos ya en el terreno de lo manifiestamente insostenible. Y esto es así por mucho que nos pesen -y a mí me pesan- las limitaciones, injusticias y corrupciones  de nuestro sistema político.

El artículo de Juan Carlo Monedero tiene dos errores de bulto: 

1. En el punto 2, refiriéndose al PCE, dice: "No iba a tener ni un puesto en la ponencia constitucional". Bien que lo tuvo, en la persona de Jordi Solé Tura (PCE-PSUC).

2. En el mismo punto 2, en el que habla de los Pactos de la Moncloa, afirma: "Por eso, uno de cada cuatro alumnos estudia hoy en colegios concertados y no en la escuela pública". Sobre el peso de las enseñanzas pública y privada en España, los Pactos de la Moncloa tuvieron justo el efecto contrario al que insinúa Monedero. Una de las consecuencias más positivas del Plan de construcción de centros públicos de enseñanza, incluido en los Pactos de la Moncloa, el más importante de la historia de la educación en España, fue que incrementó el alumnado de la pública (primaria y secundaria) desde un porcentaje de menos del 50% hasta el 66%, cifra en que se estabilizó -lamentablemente- hasta nuestros días

Hay algo con lo que estoy muy de acuerdo con Juan Carlos Monedero: el relato oficial de la transición se olvida interesadamente de las grandes movilizaciones populares que fueron las que lograron imponer una "ruptura pactada" y trajeron la democracia a España, para decir que fue obra de la visión del Rey Juan Carlos y de Adolfo Suárez. Esa visión previa ni siquiera existió. La fueron moldeando la propia historia y la interacción con otros agentes políticos y sociales. Ahí estriba, en todo caso, su mayor mérito.

De entre los desacuerdos, destaco dos:

 1. A la hora de juzgar el resultado global se olvida de la correlación de fuerzas. Los aparatos militar, policial y judicial de la Dictadura estaban intactos y, a pesar de la importancia de las movilizaciones por la democracia, la mayoría de la población era bastante menos propensa a conquistar la libertad en la calle de lo que muchos de quienes estábamos en ella pensábamos entonces.

2. El desprecio al papel de CC OO en la transición que revela la única frase donde se las  menciona: "Solo le quedaba a Carrillo el recurso de CC OO para ofrecer algo a cambio de reconocimiento. Lo usó y se brindó para desactivar la calle". Es una afirmación falsa e injusta. CC OO hizo muchísimo más por la libertad y la democracia en España, durante la transición, que ser un instrumento al servicio de la táctica de Santiago Carrillo. No hay espacio aquí para demostrarlo con hechos y relatos de los hechos alejados de los prejuicios.

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