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lunes, 10 de abril de 2017

La izquierda no debería apostar por la destrucción de la Unión Europea. Contestando a Francisco Louça


Este artículo ha sido publicado en Espacio Público del diario digital Publico, como segunda aportación personal al debate "Se abren o cierran oportunidades para el cambio en Europa" 

Se accede al artículo en Público a través del enlace: https://goo.gl/W2Rer8


El segundo artículo de Francisco Louça, después del inicial que promovió este debate, lleva por título “Actuar en Europa con los pies en el suelo”. En él, su autor realiza una breves glosas de la mayoría de los artículos que lo precedieron para llegar a una inicial conclusión de que todas las personas que hemos participado en el debate compartimos que “la izquierda debe desarrollarse fuera de esas instituciones o de esa política”, en referencia a las instituciones de la UE y a la política que éstas han aplicado en los últimos tiempos (o desde su creación).

Comparto la crítica de las políticas, pero no pienso que la izquierda deba abandonar las instituciones europeas, porque, aunque cimente sus prácticas en la movilización social, cualquier transformación política y social, incluida la de las propias instituciones, requiere, en sociedades democráticas y desde perspectivas políticas democráticas, participar en las instituciones tras recibir el voto de los ciudadanos.

Pero tengo otras discrepancias, tal vez más importantes, con Louça, que dedica el comentario más amplio, y el único frontalmente crítico, de su glosario a pretender descalificar mi desacuerdo con la tesis principal de su artículo afirmando que “esa forma de discutir es, simplemente, una prueba de sectarismo, que se define por no querer debatir”, recurso bien fácil  para no molestarse en argumentar contra mis afirmaciones. Pues bien, como mi pretensión era y es debatir con argumentos, voy a procurar desarrollar más algunos de ellos.

La salida del euro y de la UE no es la solución frente a la crisis y su mala gestión
Me parece claro -si no que me desmienta el profesor Louça- que, a pesar de utilizar en sus artículos una calculada ambigüedad, está proponiendo la extinción de la Unión Europea o, al menos, el abandono de la misma por el grupo de países fuertemente endeudados, y no sólo su salida del euro, o sólo el fin de la eurozona. En todo caso, salirse del euro del modo en que lo pinta en una más que sucinta explicación, equivale necesariamente a salirse de la UE.

Dice Francisco Louça en la conclusión principal de su primer artículo, dicha junto con otras cinco menos relevantes: “La sexta conclusión es que para reestructurar las deudas es preciso abandonar el euro e imponer y reconvertir la deuda en la nueva moneda nacional, devaluada para promover la sustitución de importaciones y mejorar los saldos comerciales y, sobre todo, permitiendo así la emisión monetaria y, por tanto, dejar de depender de la financiación a través de los mercados financieros, recuperando un banco central nacional.” Y no se dice más, en los dos artículos, sobre el camino para salirse del euro y de la UE y sobre las consecuencias económicas, sociales y políticas de dicha opción. Y sobre el hecho de que la opción sea compartida por toda la pujante extrema derecha nacionalista europea, no manifiesta aparentemente ninguna preocupación dado que no le merece ni la más mínima alusión en sus dos artículos.

Sorprende que un profesor de economía del nivel de Francisco Louça reduzca la transición económica posterior a la desaparición de la zona euro –o al abandono del mismo por un grupo de países- como un aparentemente fácil camino, hecho a base de devaluación competitiva de las nuevas monedas, reconversión a ellas de las deudas en euros, financiación por los nuevos bancos centrales nacionales mediante la impresión de moneda y política de sustitución de importaciones. Sorprende también que no dedique ni una sola línea al artículo de Gabriel Flores –“Salir del euro no es un punto de encuentro ni puede ser un punto de partida”-, a mi juicio uno de los mejores de este serial de Espacio Público.  Me remito a lo que dice Flores sobre las consecuencias de la salida del euro sobre la deuda externa nominada en euros y el volumen del servicio de la deuda, el régimen cambiario flexible y el impacto de las devaluaciones en las balanzas comerciales para rebatir la supuesta bondad de las recetas de Louça.

Es más,  en mi opinión, si varios países se salen del euro para dedicarse a competir entre ellos y con lo que quedara de la zona euro en base a la devaluación de sus monedas nacionales recuperadas y a políticas de sustitución de importaciones, lo que significaría es que deberían salirse de la UE, por ser incompatibles estas prácticas con las normas del Mercado Único, y, además, producirían una guerra comercial europea, antesala de una nueva recesión. Y eso sin añadir las consecuencias de las limitaciones que las naciones centrales europeas, que tal vez quisieran mantener el euro, establecerían para el comercio con los Estados salidos de la zona euro, si estos hubieran huido supuestamente por las bravas. ¿O, tal vez, Francisco Louça está pensando en buenos acuerdos de libre comercio con lo que quedara de la zona euro  y de la UE, tras negociaciones a varias bandas después de invocar el artículo 50, como en el caso del Brexit? ¿Piensa el profesor Louça que se podrían conseguir dichos buenos acuerdos al tiempo que se promueve una política de devaluaciones competitivas de las nuevas monedas nacionales, en las que ya se denominarían –así de fácil- los títulos de la vieja deuda en euros?  ¿O es que, tal vez, no importase alcanzar dichos acuerdos porque mediante la política de sustitución de importaciones se favorecería hasta tal punto a las industrias nacionales de los Estados de Sur de Europa, que estos podrían superar el problema de ni siquiera tener acuerdos de libre comercio con los países que hoy acogen entre un 70% y un 80%, nada menos, de sus exportaciones? ¿O no sería necesario negociar tales acuerdos porque la implosión de la UE se daría al completo? ¿Cuales serían las consecuencias de esto último para todos?

En este último supuesto, con todos los Estados europeos implicados en este tipo de políticas y en un marco internacional dominado por el nuevo nacionalismo económico y proteccionismo comercial de Donald Trump, la probabilidad de una nueva recesión mundial inducida desde la política sería elevadísima.

La propuesta contenida en la “sexta conclusión”, que no es aventurado calificar como de “nacionalismo económico de izquierdas”, me parece pues equivocada y peligrosa en términos estrictamente económicos. A pesar de la endeblez de su justificación, que contrasta con la solidez argumental con la que aborda la crítica de las políticas de austeridad y devaluación interna y otros aspectos analíticos de la situación económica europea, el profesor Louça no la repara en su segundo artículo, en el que no añade nada más a las diez escasas líneas que dedicaba a su desarrollo en el primer artículo.

Esto no le impide despachar sumariamente las críticas que realicé a su propuesta diciendo: “…Javier Doz, va más allá al garantizar que "propiciar la destrucción de la UE, por mucho que nos disguste en su rostro actual, sería el suicidio de la izquierda y, tal vez, de la humanidad”. No es fácil discutir con alguien que considera "el suicidio de la izquierda y, tal vez, de la humanidad" como la consecuencia apocalíptica de cuestionar la UE, a pesar de su “rostro actual””. Y como no es fácil, ni lo intenta.

Los riesgos políticos de la destrucción de la UE. Nacionalismos e internacionalismo.
Hablar de “suicidio de la humanidad” es, por supuesto, un subrayado hiperbólico. Ni siquiera pereció tras las dos hecatombes mundiales del Siglo XX. Lo único que podría “suicidar a la humanidad”, en un sentido estricto, sería una tercera guerra mundial con un uso masivo de armas nucleares. Y, desde luego, no pienso que esta hipótesis sea hoy un riesgo probable, aunque su probabilidad sea un poco mayor con Trump  en la Presidencia de los EE UU. Pero si imagino un escenario “post-desintegración de la UE”, con Estados nación gobernados por partidos nacionalistas enfrentados por guerras comerciales y rivalidades basadas en la pugna de las identidades nacionales renacidas, en un contexto internacional con grandes dosis de nacionalismo económico y autoritarismo político, todas las alarmas se encienden en mi cerebro. No deberíamos olvidar las consecuencias que tuvo la destrucción de una entidad supranacional europea, Yugoeslavia, a principios de los 90. Cuando a finales de los 80 comenzaron a crecer y actuar las corrientes nacionalistas en las principales repúblicas que integraban la Federación yugoeslava, nadie, ni los más apasionados y sectarios nacionalistas serbios o croatas, imaginaban que la cosa pudiera terminar en un rosario de guerras que costaron 200.000 muertos y el primer genocidio en suelo europeo después de la 2ª Guerra Mundial, en Srebrenica y otros lugares. Era impensable, pero ocurrió.

No se trata de hacer concursos de internacionalismo con nadie como irónicamente me achaca Francisco Louça en su respuesta. Simplemente, no me parece, en este momento histórico, el mejor modo de desarrollar los valores y los objetivos del internacionalismo solidario -para mí consustanciales con los de la izquierda política- el hacerlo desde una vuelta al Estado nación, a partir de la desintegración de la UE, y defendiendo un programa económico basado en el proteccionismo comercial. Y no porque sea imposible impulsar la solidaridad internacional a partir de las convicciones, sin duda internacionalistas, de Louça y de los que piensan como él, sino porque en el escenario político que preconizan –Estados nación fuertes sin la UE- el poder político estaría en manos de la derecha, los nacionalistas y la extrema derecha. Y ello me parece claro por varias razones que paso a desarrollar brevemente

En primer lugar, porque un escenario de inestabilidad política, crisis económica y reafirmación de los valores nacionales –y no otro sería el producido por la desintegración de la UE o una ruptura más importante que la del Brexit- es el escenario ideal para el triunfo de los nacionalismos autoritarios y la extrema derecha. En segundo lugar, lo anterior se refuerza porque la propuesta política de Louça, como bien subraya Gabriel Flores, impide establecer las bases de una unidad amplia de la izquierda política y social, en torno a un programa que pudiera disputar la hegemonía política a la derecha y la extrema derecha, en los Estados nación europeos y en el conjunto de la UE.  Y la unidad de la izquierda es una condición necesaria, aunque no suficiente, para conseguir dicha hegemonía, como nos muestra cualquier análisis histórico y cualquier análisis político rigurosos de la Europa de hoy. Por el contrario, el profesor y político Louça, nos dice que lo esencial es el combate de la izquierda contra la derecha y el centro, centro en el que sitúa a los partidos socialdemócratas. La verdad es que no entiendo cómo se compadece esta posición con el papel del Bloco de Esquerda como impulsor del acuerdo parlamentario de la izquierda portuguesa que permite gobernar al Partido Socialista.

¿Qué concepto de Estado nación es el de la izquierda?
Lo que sí me parece más que discutible, desde una óptica internacionalista y de izquierdas, es la concepción étnico-lingüística e historicista del Estado que refleja la siguiente afirmación del segundo artículo de Louça: “No hay democracia internacional, con legitimidad identitaria y con reconocimiento popular; puede haber formas de cooperación que son democráticas, pero, al no tener una identidad de "pueblo europeo" —pues no hay una lengua común, o una comunidad organizada con una historia común—, entonces no hay ni puede haber una "democracia europea"”. Mala base ideológica para una concepción de la izquierda del Estado, en el Siglo XXI. Me confieso mucho más cercano a la concepción del Estado que se deriva del concepto de “patriotismo constitucional”  de Jürgen Habermas, y considero que es mucho más progresista su idea de comunidad política de derechos y deberes garantizados por la ley a la ciudadanía que la que sólo se basa en una “legitimidad identitaria” –expresión, confieso, que me repele- de lengua común o historia común pasada. La definición de Louça de Estado nación difícilmente puede servir a sociedades abiertas a las migraciones y a su integración y a la construcción de proyectos/historia de futuro sobre la base de valores y derechos garantizados por la ley, y menos aún para construir estructuras políticas supranacionales democráticas -regionales y globales- imprescindibles para dominar los procesos tecnológicos, económicos, culturales y políticos mundiales al servicio de la inmensa mayoría de sus poblaciones y lograr una efectiva globalización de los derechos. Pero ya sabemos que a Francisco Louça no le interesa que existan esas estructuras porque sólo las ve como instrumentos de dominación del capital.

Reconozco que me produce un profundo desasosiego el que se puedan extraer conclusiones tan divergentes de valoraciones que compartimos. Dos ejemplos daré. El de mis coincidencias plenas con Louça a la hora de tachar el Acuerdo UE-Turquía sobre migrantes y refugiados como el “Acuerdo de la vergüenza” y de afirmar que “El mayor fracaso en la historia de las izquierdas europeas en el Siglo XXI fue Grecia”. Pero el “Acuerdo de la vergüenza”, no lo olvidemos por favor, fue fruto de la exitosa rebelión de algunos Estados nación del centro y el este de Europa, sometidos a los nacionalismos, frente a las propuestas iniciales de la Comisión Europea y de una Ángela Merkel –sólo en este caso generosa- a las que consiguieron vencer.

Y mi reflexión sobre la derrota de Grecia me lleva a decir que sólo hubiera sido posible derrotar las políticas de austeridad, que se cebaron particularmente en el país heleno, desde una huelga general europea (o más de una). Participé activamente en el proceso de convocatoria de la jornada de movilización sindical europea del 14 de noviembre de 2012 (la de mayor dimensión, con 5 huelgas generales y acciones en 28 países). La coordinación entre CCOO y la UGT española con la CGTP portuguesa fueron decisivas para lograr un determinado nivel de articulación de las movilizaciones nacionales con una perspectiva europea –dicha capacidad de articulación es el elemento esencial a perseguir en las luchas políticas y sociales europeas o supranacionales-. Pues bien, no se llegó a más, en ese y en otros momentos de las luchas sindicales europeas durante la crisis, porque la mayoría de los sindicatos del centro y el norte de Europa siguen considerando, como hace Francisco Louça, que sólo es en el ámbito de los Estados nación donde hay que preservar y promover los derechos de los trabajadores, y como les ha ido mejor que a los del sur en una perspectiva histórica y en la actualidad, prefieren no arriesgarse a luchar junto con ellos. Sólo unos pocos sindicalistas más lúcidos consideran que si los del sur de Europa pierden derechos, los del centro y el norte acabarán perdiéndolos también. Centrarse, casi en exclusiva, en la acción política y social en el ámbito de los Estados nación, como pretende Louça, conduce, en el mejor de los casos, a reproducir estos hábitos nada internacionalistas.

Estrategia alternativa y unidad de la izquierda
El gran fracaso de la izquierda europea en el Siglo XXI, cuyo símbolo puede ser Grecia, es el de su incapacidad para construir una estrategia alternativa frente a la crisis. En lugar de centrarse en superar esta situación, conjugando las visiones nacionales con las europeas, las izquierdas europeas se dedican a otra cosa. En palabras de Gabriel Flores: “Las izquierdas europeas, por su parte, mantienen su desunión e ideologizan sus diferencias, profundizándolas. Mientras la socialdemocracia retrocede y sueña con la posibilidad de mantener un resultado electoral que le permita reeditar las grandes coaliciones con la derecha, las fuerzas políticas situadas a su izquierda se atrincheran y remarcan sus diferencias con la socialdemocracia. Parecen complacidas con el logro de un espacio electoral confortable que les permite reafirmar un análisis catastrofista al tiempo que pierden la oportunidad de impulsar los cambios que hacen falta para que las instituciones nacionales y europeas respondan a los intereses de la mayoría social”. Y propone otra actitud, otro rumbo, para la izquierda europea: “Hay que construir amplias alianzas políticas y sociales que disputen la hegemonía a la derecha y atraigan a la mayoría de las fuerzas progresistas y de izquierdas a la tarea de conseguir un cambio sustentado en la cooperación entre los socios, la defensa de la cohesión económica, social y territorial y la subordinación de la economía a los intereses de la mayoría social. 
La unidad europea sigue siendo el instrumento más adecuado para influir en la imprescindible tarea de embridar la mundialización económica y sus potenciales efectos negativos y lograr un reparto más equitativo de las ventajas y los costes que conlleva”

En mi primer artículo esbozaba algunas líneas programáticas y de acción en la línea de promover una refundación política de la UE (democrática y social) en el marco de la acción política mundialista por la globalización de los derechos y la democratización de las instituciones políticas multilaterales. El camino es arduo y será largo. Pero sinceramente no veo otro. Y se construye, por supuesto, a partir de las prácticas políticas y sociales realizadas en los Estados nación, y aún en los ámbitos subestatales, pero con una perspectiva transnacional, internacionalista y solidaria.